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Portada de 'Edición de autor', de Ignacio Martín

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Por qué gachupín chilango


¡Ah, las palabras!… No les damos, bueno, muchos no les dan importancia pero luego se ofenden, escandalizan, angustian y/o extrañan cuando uno las usa.

Porque claro, cómo calificarme con dos palabras que tienen una carga que muchos entienden como despectiva. Cómo escribir usando tantas "groserías".

Como dirían Les Luthiers: ¡seeeeñora!… El otro día les entregué una humilde crónica sin groserías. Bueno, se me escapó una y una palabra que podría ser considerada vulgar.

Esto me lleva a ponerme más, cómo decirlo, "projundo". Voy a intentar reflexionar sobre el concepto mismo de grosería. A mi entender, grosería es no ceder el asiento a una anciana, o tratar mal a otro ser humano, pero usar determinadas palabras, volvamos a Les Luthiers: ¡pooor favooor!…

Y hablando de lenguaje, el problema no es decir madrezópolis, por ejemplo, sino la pobreza lingüística; y ésta campea a sus anchas, porque, en general, no se da importancia a la expresión, partiendo de la errónea filosofía de la que se nutre la mencionada pobreza idiomática: lo importante es que me entiendan y ya. Igual, lo importante es comer y ya, por eso deglutimos comida chatarra con refrescos… Pueden ustedes seguir con esta lista de cosas importantes…

Así pues, señores y señoras, damas y caballeros, muchachos y muchachas (dicho esto, por supuesto y como siempre, con todo respeto al artículo 33), siento decirles, incluso informarles (ya ven, hoy me levanté periodístico) que el lenguaje es nuestra manera de ver, comprender y aprehender el mundo, real e irreal, concreto y abstracto.

Les ofrezco un ejemplo: ¿qué pensarían si les dicen que el cirujano que les operará, por decir algo, está todavía en la prepa, pero, eso sí, ha visto todos los capítulos de ER, y en versión original? ¿Ah, verdad?

Pero bueno, ya me estoy poniendo demasiado trascendente. Incluso, hasta pudiese parecer enojado. Y no, por Dios. Así que regreso al título de esta crónica.

Lo de gachupín, no sé, es una palabra que me gusta mucho desde que llegué, es mi pequeño y muy personal homenaje a todos los españoles que vinieron antes, los que cruzaron el charco para hacer las américas y los que tuvieron que escapar de paco medallas, el chaparrito que nos chingó durante un chingo de años (coño, lo que puede un acento).

Perdón por esas palabras, pero es que hablando de Franco, como que me lo van a permitir, ¿verdad?

Y lo de chilango, pues es una palabra en cuyo origen hubo, sin duda, una carga despectiva; sin embargo, como el lenguaje es un ser vivo, o al menos un ente vivo, siento que ahora es un gentilicio como otro cualquiera, y lo otro es buscarle tres pies al gato. Vamos, que depende de quién lo diga, de su intención.

Es más, con chilango pasa lo mismo que con mi otro gentilicio, el que se usa para nombrarme, y a mis paisanos de allá: charro.

Esta palabra, en principio, también era despectiva, y ahora, además de definirnos, en cierta medida nos hermana con este país.

Ya ven, los salmantinos, los charros de allá, además de jamón serrano exportamos palabras.

En fin, que espero haber sido capaz de explicar que las palabras, además de tener relaciones con el viento, llevan la carga que uno quiere darles. Nada menos, pero nada más.

Y en esta línea, las mal llamadas malas palabras, por si fuera poco, son algo muy relativo; ¿no me creen? Prueben a usar vocablos tan inocuos como concha o cajeta, por ejemplo, en Argentina, y verán qué ocurre.

En fin , que, como todo en la vida, de estos asuntos de la lengua, sin albur, todo el mundo habla, casi nadie escucha y, con todo respeto, muy pocos pueden opinar con seriedad al respecto.

Y, sin embargo, opinan.

Enero 2002
 
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