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Portada de 'Edición de autor', de Ignacio Martín

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Carta a Arreola


Maestro, a usted que tanto le gustaban las efemérides, déjeme decirle que se nos fue un día de San Francisco Javier. Siento decirle que fue una jornada marcada a sangre y fuego por la guerra, en Tierra Santa, en Afganistán. Aquí, en México, fue un lunes tranquilo, sólo los coletazos de la conmemoración del primer año del gobierno de Fox quién, por cierto, tuvo bellas palabras para usted. Ya sé, ya sé que nunca tuvo mucho apego por los reflectores, pero bueno, nunca viene mal un elogio presidencial, y sin haberlo preparado, me ha salido un pareado.

Pero esto es una crónica urbana y usted, maestro ante todo, me regañaría si no respetase el compromiso.

Así pues, Maestro, compartamos un paseo, ¿le parece? Cuántas veces, antes que yo, habrá paseado usted por esta ciudad. Arreola, ese payo jalisciense que buscando ser actor fue literato, y vendedor, impresor, panadero, hasta tepachero en Colima, que yo lo sé. Arreola joven, ese muchacho de Zapotlán que llegó a la gran ciudad, a bebérsela; porque, eso sí, miedo no tenía, y usted quería hacer teatro, bueno Teatro, porque empezó con Wagner, Usigli, Villaurrutia. Y luego se fue con Jouvet, a la Comedie Française.

Ahí es ná, que diría un taurino.

Maestro, lo conocí, nos conocimos, en un lugar emblemático para usted, pero también para la cultura mexicana: el Palacio de Bellas Artes, jardín, o bosque, de sus primeros pinitos teatrales.

Hablando del teatro, de la actuación, en estos días de loas y panegíricos, he leído que Arreola era un actor de sí mismo. Pué qué, diría el otro, pero también es cierto que actuar es mentir y, eso lo puedo asegurar, usted nunca fue de mentira. No, Arreola siempre fue pasión, con todo, de todo, por todo, hacia todo. "La mujer que amé se ha convertido en fantasma. Yo soy el lugar de las apariciones". Eros y Tánatos, gozo y sufrimiento: Arreola. No en vano, usted, el más grande ajedrecista mexicano, como también he oído que lo calificaban, sufría hasta jugando al ajedrez.

Arreola y la ciudad, Zapotlán en México. Río Nazas, la colonia Cuauhtémoc. La UNAM. Y, sobre todo, la Casa del Lago. Porque usted la fundó, maestro; porque Arreola, sin darse ninguna importancia, sin darle ninguna importancia, agarró todos los tableros de ajedrez que tenía por casa y se los llevó a Chapultepec, para que todo el mundo pudiera compartir con usted un gozo que, a veces, ya lo dije, también le hiciera sufrir.

En la Casa del Lago también demostró que la Literatura, así, con mayúsculas, esa dama ingrata a la que usted dedicó su vida, podría ser amiga de todos. Los domingos de Chapultepec se volvieron punto de reunión de sus muchos amigos literatos, allí leían, declamaban, regalaban poesía a quien quisiera disfrutarla.

Y es que usted, Maestro, siempre hizo literatura, pero a veces escribió en papel y otras en el silencio.

Literatura, y punto.

Es difícil escribir de un maestro. No lo intento, pero escribir de Arreola implica, así sea de refilón, emular a quien las palabras, simplemente, obedecían.

En fin, que a mí no me engaña, Maestro: eso del payo jalisciense siempre me gustó, pero de que usted es cosmopolita, lo es. Sé que muchos lo tildaron de escritor afrancesado y europeizante. Pero también sé que, si no hubiera sido hijo de Zapotlán, un muchacho autodidacta que despertó a los placeres de la literatura en bibliotecas de cura de pueblo, Arreola no hubiera sido lo que fue.

O sea que cosmopolita sí, pero a la mexicana, afrancesado, sí, pero también payo jalisciense. Parisino nacido en Zapotlán.

Cosmopolita a la mexicana, como el Distrito Federal. Y digo más, ¿se puede ser cosmopolita de otra forma?

Por todo ello, Maestro, gracias. Salúdeme a Juan.
 
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