Novedades

Portada de 'Edición de autor', de Ignacio Martín

Más novedades
No vivimos ya en la ciudad más transparente, pero vaya, qué tal en la ciudad de la eterna fiesta.


México, D.F., 10 de noviembre de 2001.- Les tengo una sorpresa. Ustedes, chilangos de poca fe, creen que la ciudad de la eterna primavera es Cuernavaca, sí, ese lugar paradisiaco al que se van los fines de semana, sobre todo cuando pueden gorronear casa y alberquita con algún amigo con posibles.

Ah, pues, ¿qué creen? Hubo un tiempo, dicen los escritos ancestrales, que esa poética aposición se le endilgaba, sin asomo de burla, a esta madrezópolis; sí, en serio; eso ocurría en los no tan lejanos tiempos en los que Alfonso Reyes escribió aquello de la región más trasparente del aire, que luego le piratearía, con cariño, Carlos Fuentes.

Pero bueno, ya no sé adónde iba. Ah, sí, pues que ya parece burla decir que el valle de Anáhuac es ocupado por la ciudad de la eterna primavera, cuando, si tenemos suerte, vemos algo de paisaje -mas allá del humo del microbús que llevamos delante en el Periférico- tres días al año; por si fuera poco, esos días son en diciembre.

Así pues, si les suena a cotorreo lo de la eterna primavera, el título que sí podría asimilar con toda dignidad esta capital es el de la ciudad de la eterna fiesta. Y no sólo por los múltiples lugares de agradable solaz y sano esparcimiento, o sea, de pinche reventón desmadroso, sino porque el chilango siempre está dispuesto para una fiestecita, reunioncita o cualquier otro apelativo terminado en -ita que sólo eso tiene de diminutivo, porque suele ser una pachangota, cenotota que termina en una crudota, de dominguete, con suertecita.

Pues esa eterna fiesta agarra el turbo en la época más bulliciosa, esto es, la que ahora comienza. Con ustedes, señores, la maravilla de la ingeniería temporal, el puente Guadalupe-Reyes. Este periodo suele empezar el día de Muertos, aunque para muchos el inicio oficial de labores deslaborables es el día del Grito. Señores, es que no se miden, primero los altares, luego el resto de noviembre, con el frío que obliga a recurrir a los efluvios etílicos para entrar en calor. Calor, como su propio concepto indica, que sirve de calentamiento para la honorable tradición de las Posadas, cuya puerta de entrada es el fraternal, cariñoso y muy mexicano saludo de las mañanitas a la Virgencita de Guadalupe.

El asunto de las Posadas, sobre todo, es digno de mención. Uno, cuando ejercía de gachupín, tenía a gala comprar, y comer, turrón en noviembre, antes de tiempo; vamos, con esa ruptura de las tradiciones navideñas de allá -el turrón es el dulce de Navidad por antonomasia-, ya me creía un ácrata transgresor. Sin embargo, llegué aquí, vi la afluencia de briagos peregrinos y pues nomás me apantallé.

Porque cualquier excusa es buena para la Posada: con la familia a la que detestamos; con el vecino que siempre nos chinga con la música a todo volumen los sábados por la noche; o con los compañeros de chamba que parecen estar en continuo homenaje a Francisco Gabilondo Soler, Cri-Cri.

Y de las preposadas, posadas y posposadas a las qué tópicamente se llaman fiestas decembrinas, o la Navidad, Navidades en España. Todos nos volvemos, en un bucólico ambiente de lucecitas de cocacola y humo de tarjeta de crédito -queda claro que ésta es una crónica urbana- los mejores padres, hijos, primos y demás familia, eso sí, nomás por una noche, dos a lo sumo, sin albur, pinche cuñado, ya no chupes, güey que ya ves cómo te pones. No manches, todos los años la misma chingadera, te digo, el próximo año, ni madres, me largo a Acapulco porque estas pinches fiestas no las aguanto…

Te diré.
 
>