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Crónicas de Ignacio Martín


Algo tiene este inmenso valle que atrapa, todo mundo asegura que se va, pero nadie se atreve.

Desde siempre esta ciudad ha sido grande. Vamos, que lo de megalópolis ya era un apellido que pudo haber dicho Hernán Cortés. Y eso se nota. Algo tiene este inmenso valle que atrapa. Desde que vivo en México, hace ya nueve años, paso el tiempo oyendo a chilangos, y no, despotricar contra la ciudad, protestar con vehemencia y asegurar que pronto se van a la tranquila vida de provincia, porque aquí no se puede vivir, aunque la Pacheco diga que aquí nos tocó.

Sin embargo, esa conversación tiene algo un tanto curioso: siempre se repite, con las mismas personas y otras nuevas que se van sumando; pero nadie se va…

No lo sé; desde luego es una ciudad en la que las distancias, para llegar a cualquier lado, en otro lugar serían consideradas excursiones de un día, y eso cansa a cualquiera. Y sí, por supuesto, la agresividad, y la inseguridad, y… Que sí, que es difícil que en un lugar donde viven más de 20 millones de personas haya calma total; vamos, que si en vez de México DF fuera Estocolmo DF no creo que cambiara mucho la cosa y, además, con perdón, qué joda, las gorditas, en lugar de ser de chicharrón, serían de arenque ahumado… Como diría un tepiteño de pro, “no mames, güey”.

Y además, toda moneda tiene dos caras, o sea, que aquí podemos comer casi casi lo que queramos, y a cualquier hora… Vamos, que un gallego puede ir al mercado de San Juan y encontrar un queso de tetilla -sí, así se llama, no se escandalice, señora- que a lo mejor no encontraría tan fácil, no sé, en París, por ejemplo. O un buen vino de Ribeiro; es más, un castellano de pura cepa, como yo, puede encontrar aquí una sabrosa morcilla de Burgos (la de arroz) que no me sería tan fácil conseguir, se lo juro, en Salamanca, que está bastante más cerca de Burgos que esto… Pero bueno, no quiero hacerles salivar en exceso… Lo que pasa es que creo que la comida une, que somos de dos países en los que vivimos para comer y no comemos para vivir… Y que me encanta esta ciudad, que me siento chilango y que espero que esto sea el comienzo, culinario, pero sin albur, de un sabroso y cariñoso recorrido por el Distrito Federal. Ahí nos vidrios porque, ni modo, aquí nos tocó… tragar.

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No vivimos ya en la ciudad más transparente, pero vaya, qué tal en la ciudad de la eterna fiesta

México, D.F., 10 de noviembre de 2001.- Les tengo una sorpresa. Ustedes, chilangos de poca fe, creen que la ciudad de la eterna primavera es Cuernavaca, sí, ese lugar paradisiaco al que se van los fines de semana, sobre todo cuando pueden gorronear casa y alberquita con algún amigo con posibles.

Ah, pues, ¿qué creen? Hubo un tiempo, dicen los escritos ancestrales, que esa poética aposición se le endilgaba, sin asomo de burla, a esta madrezópolis; sí, en serio; eso ocurría en los no tan lejanos tiempos en los que Alfonso Reyes escribió aquello de la región más trasparente del aire, que luego le piratearía, con cariño, Carlos Fuentes.

Pero bueno, ya no sé adónde iba. Ah, sí, pues que ya parece burla decir que el valle de Anáhuac es ocupado por la ciudad de la eterna primavera, cuando, si tenemos suerte, vemos algo de paisaje -mas allá del humo del microbús que llevamos delante en el Periférico- tres días al año; por si fuera poco, esos días son en diciembre.

Así pues, si les suena a cotorreo lo de la eterna primavera, el título que sí podría asimilar con toda dignidad esta capital es el de la ciudad de la eterna fiesta. Y no sólo por los múltiples lugares de agradable solaz y sano esparcimiento, o sea, de pinche reventón desmadroso, sino porque el chilango siempre está dispuesto para una fiestecita, reunioncita o cualquier otro apelativo terminado en -ita que sólo eso tiene de diminutivo, porque suele ser una pachangota, cenotota que termina en una crudota, de dominguete, con suertecita.

Pues esa eterna fiesta agarra el turbo en la época más bulliciosa, esto es, la que ahora comienza. Con ustedes, señores, la maravilla de la ingeniería temporal, el puente Guadalupe-Reyes. Este periodo suele empezar el día de Muertos, aunque para muchos el inicio oficial de labores deslaborables es el día del Grito. Señores, es que no se miden, primero los altares, luego el resto de noviembre, con el frío que obliga a recurrir a los efluvios etílicos para entrar en calor. Calor, como su propio concepto indica, que sirve de calentamiento para la honorable tradición de las Posadas, cuya puerta de entrada es el fraternal, cariñoso y muy mexicano saludo de las mañanitas a la Virgencita de Guadalupe.

El asunto de las Posadas, sobre todo, es digno de mención. Uno, cuando ejercía de gachupín, tenía a gala comprar, y comer, turrón en noviembre, antes de tiempo; vamos, con esa ruptura de las tradiciones navideñas de allá -el turrón es el dulce de Navidad por antonomasia-, ya me creía un ácrata transgresor. Sin embargo, llegué aquí, vi la afluencia de briagos peregrinos y pues nomás me apantallé.

Porque cualquier excusa es buena para la Posada: con la familia a la que detestamos; con el vecino que siempre nos chinga con la música a todo volumen los sábados por la noche; o con los compañeros de chamba que parecen estar en continuo homenaje a Francisco Gabilondo Soler, Cri-Cri.

Y de las preposadas, posadas y posposadas a las qué tópicamente se llaman fiestas decembrinas, o la Navidad, Navidades en España. Todos nos volvemos, en un bucólico ambiente de lucecitas de cocacola y humo de tarjeta de crédito -queda claro que ésta es una crónica urbana- los mejores padres, hijos, primos y demás familia, eso sí, nomás por una noche, dos a lo sumo, sin albur, pinche cuñado, ya no chupes, güey que ya ves cómo te pones. No manches, todos los años la misma chingadera, te digo, el próximo año, ni madres, me largo a Acapulco porque estas pinches fiestas no las aguanto…

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Carta a Arreola

Maestro, a usted que tanto le gustaban las efemérides, déjeme decirle que se nos fue un día de San Francisco Javier. Siento decirle que fue una jornada marcada a sangre y fuego por la guerra, en Tierra Santa, en Afganistán. Aquí, en México, fue un lunes tranquilo, sólo los coletazos de la conmemoración del primer año del gobierno de Fox quién, por cierto, tuvo bellas palabras para usted. Ya sé, ya sé que nunca tuvo mucho apego por los reflectores, pero bueno, nunca viene mal un elogio presidencial, y sin haberlo preparado, me ha salido un pareado.

Pero esto es una crónica urbana y usted, maestro ante todo, me regañaría si no respetase el compromiso.

Así pues, Maestro, compartamos un paseo, ¿le parece? Cuántas veces, antes que yo, habrá paseado usted por esta ciudad. Arreola, ese payo jalisciense que buscando ser actor fue literato, y vendedor, impresor, panadero, hasta tepachero en Colima, que yo lo sé. Arreola joven, ese muchacho de Zapotlán que llegó a la gran ciudad, a bebérsela; porque, eso sí, miedo no tenía, y usted quería hacer teatro, bueno Teatro, porque empezó con Wagner, Usigli, Villaurrutia. Y luego se fue con Jouvet, a la Comedie Française.

Ahí es ná, que diría un taurino.

Maestro, lo conocí, nos conocimos, en un lugar emblemático para usted, pero también para la cultura mexicana: el Palacio de Bellas Artes, jardín, o bosque, de sus primeros pinitos teatrales.

Hablando del teatro, de la actuación, en estos días de loas y panegíricos, he leído que Arreola era un actor de sí mismo. Pué qué, diría el otro, pero también es cierto que actuar es mentir y, eso lo puedo asegurar, usted nunca fue de mentira. No, Arreola siempre fue pasión, con todo, de todo, por todo, hacia todo. "La mujer que amé se ha convertido en fantasma. Yo soy el lugar de las apariciones". Eros y Tánatos, gozo y sufrimiento: Arreola. No en vano, usted, el más grande ajedrecista mexicano, como también he oído que lo calificaban, sufría hasta jugando al ajedrez.

Arreola y la ciudad, Zapotlán en México. Río Nazas, la colonia Cuauhtémoc. La UNAM. Y, sobre todo, la Casa del Lago. Porque usted la fundó, maestro; porque Arreola, sin darse ninguna importancia, sin darle ninguna importancia, agarró todos los tableros de ajedrez que tenía por casa y se los llevó a Chapultepec, para que todo el mundo pudiera compartir con usted un gozo que, a veces, ya lo dije, también le hiciera sufrir.

En la Casa del Lago también demostró que la Literatura, así, con mayúsculas, esa dama ingrata a la que usted dedicó su vida, podría ser amiga de todos. Los domingos de Chapultepec se volvieron punto de reunión de sus muchos amigos literatos, allí leían, declamaban, regalaban poesía a quien quisiera disfrutarla.

Y es que usted, Maestro, siempre hizo literatura, pero a veces escribió en papel y otras en el silencio.

Literatura, y punto.

Es difícil escribir de un maestro. No lo intento, pero escribir de Arreola implica, así sea de refilón, emular a quien las palabras, simplemente, obedecían.

En fin, que a mí no me engaña, Maestro: eso del payo jalisciense siempre me gustó, pero de que usted es cosmopolita, lo es. Sé que muchos lo tildaron de escritor afrancesado y europeizante. Pero también sé que, si no hubiera sido hijo de Zapotlán, un muchacho autodidacta que despertó a los placeres de la literatura en bibliotecas de cura de pueblo, Arreola no hubiera sido lo que fue.

O sea que cosmopolita sí, pero a la mexicana, afrancesado, sí, pero también payo jalisciense. Parisino nacido en Zapotlán.

Cosmopolita a la mexicana, como el Distrito Federal. Y digo más, ¿se puede ser cosmopolita de otra forma?

Por todo ello, Maestro, gracias. Salúdeme a Juan.

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Aproximaciones a un Chilangoccionario

¡Oh! Está de pelos, ¿cómo crees? Escribir en la ueb, ¡qué súper! Aunque, la verdad, lo que no entiendo, ¡ay!, ¡guácala de perro!, lo que no entiendo es que escribas de algo tan naco como esto, de verdad, es que cómo son los intelectuales.

¡Oh, la la! El fresa, la fresa, la jerga frutitontícola. Les diré que éste es un tema en el que confluyen la Astronomía y la Filología, quizá hasta la Física. Veo sus caras de extrañeza -más bien de qué-chingaos-se-fumó-este-güey- y corro raudo a darles la explicación. Además, empírica. ¿Ustedes han paseado alguna vez por las zonas fresas, o pijas, o como se llamen, en cualquier ciudad, no sé, Madrid, Buenos Aires, Lima o el Distrito Federal, a horas de alta afluencia de personal? Si no lo han hecho, no disparen al científico. Yo no he estado en todos esos sitios, pero he visto películas. Y todos hablan igual, se lo juro. El sonsonete, esas eses cuyo nivel de decibeles ya quisiera para sí una anaconda amazónica, esas palabras como con supina flojera, son idénticas. Por lo tanto, la conclusión es fácil y ahí es donde entran las ciencias antes mencionadas: tienen que ser extraterrestres, como los burócratas de ventanilla. Son tan iguales que eso no puede ser normal. Sí, sí, riánse, pero el día que haya una abducción colectiva...

¿Ya bisteces, qué morongas? Este uso lingüístico, que por obvias razones relacionadas con alcurnia y posición social, no domino con amplitud, es otra jerga, ésta sí eminentemente chilanga. Además, su progresión es geométrica, esto es, se extiende por la ciudad a la velocidad de la luz, que es a la que creo que circulan los microbuses, ¿no? Claro, simón, cámara güey, ¿ya viste el ford ka?, no, güey, es que, ca, no manches, ca... Bueno, esta jerga, que científicamente se conoce como hispanicus tepiteniensis, se caracteriza, en la actualidad, por haber perdido gran parte de su riqueza idiomática y abusar de los apócopes, vamos, para que dejen de mentármela, ya no se inventan tantas maravillosas palabras y todo termina en ca. O sea, que uno no sabe si es tepiteño, swahili o ucraniano.

¿Qué me ven? Claro, están sorprendidos del nivel científico que manejo el día de hoy, ¿ah, verdad?

Y no son las únicas variantes dialectales de este concepto filosófico que pudiéramos bautizar como Chilangoñol, o Espalango.

Otros sujetos objeto de estudio, las señoras bien, sobre todo, de Polanco, las Lomas, Tecamachalco, hablan una variante del fresa, pero como golpeada, vamos, que hablan como manejan sus camionetotas.

Quede ahí, de momento, el análisis.

Por su parte, el mundillo intelectual, ojo, que no lo digo yo, que así se autonombra, se suele caracterizar por la rimbombancia, en continente y en contenido. Sin embargo, no están exentos de las patadas al diccionario, a la gramática y, a veces, hasta al sentido común. Pero bueno, como son los inteleituales...

Este botón, que no es más que una muestra, nos habla de que la riqueza idiomática de esta ciudad es palpable. Por supuesto que al hablar de riqueza el asunto es meramente cuantitativo, porque muchos de los hablantes prestan el mismo interés a su lengua, (idioma, pues, bola de albureros) que al ascenso y descenso de los Cetes, por decir. Porque, claro, ahí tiene que ver la lectura, las ganas… de saber, y, seamos realistas, la gran mayoría lo único que lee son los recibos, de la luz, el gas y, quien lo tiene, el del teléfono.

Pues siento decirles, señoras y señores, que no hay de otra, que a andar sólo se aprende andando.

Pero bueno, yo no pierdo la confianza en Harry Potter...

Ojo, en el del libro, no en la película, aunque tampoco está mal.

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De tianguis

¡Mamá, he comido sandía! Mi primera llamada telefónica, hace ya un buen tiempo, o sea, hoy, o ayer, según si la crónica sale publicada el 29 o el 30, pero bueno, ustedes se hacen una idea. Pues eso, que cuando hace nueve años llegué y me dispuse a hablar por teléfono con mi señora progenitora y demás familia, para el tradicional he-llegado bien, un poco absurdo cuando uno viaja en avión, porque si pasa algo, sales hasta en CNN, pues lo primero que dije fue: ¡coño, es diciembre y aquí hay sandia! …Entiendan, por favor, que, para un europeo, comer sandía el día de los inocentes es como ver nevar para un saharaui: un encontronazo con el realismo mágico.

Y eso no es todo; la, en estos momentos, ya famosa sandía (y cacofónica), la vi y la compré en un tianguis, un mercadillo; lo que en muchos lugares de España llamamos "rastro".

Para los mexicanos, imagínense la broma: que a un mexicano parlante le digan: "he ido al rastro", pero pensando en un tianguis. Pues ocurrió, y que me perdone mi cuñada por contarlo. Hace un par de años estuvo por aquí de visita, y al día siguiente de llegar, le contó a un amigo de acá que la habíamos llevado al rastro. El pobre mexicano que oyó aquello decidió, por supuesto, que eramos una familia muy extraña y que Europa era un continente en total decadencia.

Hechas estas múltiples digresiones, regreso a mi encuentro cercano del tercer tipo con la sandia; creo que esa primigenia visita a un tianguis provocó algún tipo de efecto, porque me encanta pasear por ese reducto prehispánico de nombre y, a la vez y no obstante, tan mestizo. Porque puedes encontrar yerberos, que te venden desde manzanilla hasta tepezcohuite o cuachalalate, pero a la vez, cidís piratas, mochilas de las chicas superpoderosas o puestos de frutas que te ofrecen buenas, bonitas y baratas manzanas procedentes de Canadá.

Es más, una de las razones por las que sigo viviendo donde lo hago es porque me encanta ir los domingos a pasear por el famoso tianguis de Obrero Mundial.

Puestos de comida llenos de gente desde las nueve de la mañana hasta las cuatro de la tarde. Paseantes y compradores habituales, entre los que me incluyo, conviviendo con visitantes ocasionales. Algunos de éstos son gente que alguna vez vivió por acá y recuerda unos tacos de carnitas, o de bisté con nopales que son, ya sabe usted, los-mejores-tacos-que-he-comido-en-mi-vida… No sé si es cierto o más bien es algo como hambre teñida de nostalgia, pero por eso digo que el tianguis es famoso.

Prueben, prueben, güeritos… Patroncita, cuánto le pongo de chile… Lleve sus…

Podría ser un buen propósito de año nuevo, si no suelen visitar los tianguis, hacerlo, seguro que tienen uno cerca. Pues eso, que ya me contarán…

Les deseo lo mejor para el 2002, año capicúa, que diríamos en España, en el que mi pueblo, Salamanca, será capital cultural europea. Un saludo a todos por allá.

Diciembre 2001

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Por qué gachupín chilango

¡Ah, las palabras!… No les damos, bueno, muchos no les dan importancia pero luego se ofenden, escandalizan, angustian y/o extrañan cuando uno las usa.

Porque claro, cómo calificarme con dos palabras que tienen una carga que muchos entienden como despectiva. Cómo escribir usando tantas "groserías".

Como dirían Les Luthiers: ¡seeeeñora!… El otro día les entregué una humilde crónica sin groserías. Bueno, se me escapó una y una palabra que podría ser considerada vulgar.

Esto me lleva a ponerme más, cómo decirlo, "projundo". Voy a intentar reflexionar sobre el concepto mismo de grosería. A mi entender, grosería es no ceder el asiento a una anciana, o tratar mal a otro ser humano, pero usar determinadas palabras, volvamos a Les Luthiers: ¡pooor favooor!…

Y hablando de lenguaje, el problema no es decir madrezópolis, por ejemplo, sino la pobreza lingüística; y ésta campea a sus anchas, porque, en general, no se da importancia a la expresión, partiendo de la errónea filosofía de la que se nutre la mencionada pobreza idiomática: lo importante es que me entiendan y ya. Igual, lo importante es comer y ya, por eso deglutimos comida chatarra con refrescos… Pueden ustedes seguir con esta lista de cosas importantes…

Así pues, señores y señoras, damas y caballeros, muchachos y muchachas (dicho esto, por supuesto y como siempre, con todo respeto al artículo 33), siento decirles, incluso informarles (ya ven, hoy me levanté periodístico) que el lenguaje es nuestra manera de ver, comprender y aprehender el mundo, real e irreal, concreto y abstracto.

Les ofrezco un ejemplo: ¿qué pensarían si les dicen que el cirujano que les operará, por decir algo, está todavía en la prepa, pero, eso sí, ha visto todos los capítulos de ER, y en versión original? ¿Ah, verdad?

Pero bueno, ya me estoy poniendo demasiado trascendente. Incluso, hasta pudiese parecer enojado. Y no, por Dios. Así que regreso al título de esta crónica.

Lo de gachupín, no sé, es una palabra que me gusta mucho desde que llegué, es mi pequeño y muy personal homenaje a todos los españoles que vinieron antes, los que cruzaron el charco para hacer las américas y los que tuvieron que escapar de paco medallas, el chaparrito que nos chingó durante un chingo de años (coño, lo que puede un acento).

Perdón por esas palabras, pero es que hablando de Franco, como que me lo van a permitir, ¿verdad?

Y lo de chilango, pues es una palabra en cuyo origen hubo, sin duda, una carga despectiva; sin embargo, como el lenguaje es un ser vivo, o al menos un ente vivo, siento que ahora es un gentilicio como otro cualquiera, y lo otro es buscarle tres pies al gato. Vamos, que depende de quién lo diga, de su intención.

Es más, con chilango pasa lo mismo que con mi otro gentilicio, el que se usa para nombrarme, y a mis paisanos de allá: charro.

Esta palabra, en principio, también era despectiva, y ahora, además de definirnos, en cierta medida nos hermana con este país.

Ya ven, los salmantinos, los charros de allá, además de jamón serrano exportamos palabras.

En fin, que espero haber sido capaz de explicar que las palabras, además de tener relaciones con el viento, llevan la carga que uno quiere darles. Nada menos, pero nada más.

Y en esta línea, las mal llamadas malas palabras, por si fuera poco, son algo muy relativo; ¿no me creen? Prueben a usar vocablos tan inocuos como concha o cajeta, por ejemplo, en Argentina, y verán qué ocurre.

En fin , que, como todo en la vida, de estos asuntos de la lengua, sin albur, todo el mundo habla, casi nadie escucha y, con todo respeto, muy pocos pueden opinar con seriedad al respecto.

Y, sin embargo, opinan.

Enero 2002

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Ignacio Martín
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